
Todo lo contrario. Resulta así. Las letras fluyen en ese espacio que no percibimos, pero están ahí. En el engaño, en esa ruta. Del otro lado. Detrás de las hojas que nos dejan así, en este movimiento que en verdad (o no, siempre ilusión) lo dice todo. Fácil. Son ellas las que viven, las que hacen, las que miran. Es complicado, quiza, entender. Mas de verdad que nada es resulta tan sencillo. Me doy cuenta. Soy un producto, un algo, una forma, un mecanismo de la ficción. Así. Como ahora. Pues va de que esto existe, mientras yo recorro ya algún otro camino. ¿Qué mayor prueba?
Es entonces de ese modo. El recuerdo, el ser. Las cosas que se crean. Porque todo nace. Todo viene. Todo surge. Es así. Sólo aquí sucede, y allá, y más abajo, donde se arrastra la voluntad, el deseo, la ansiedad, la felicidad. Todo eso. Todo existe de un modo, de aquel. Recorriendo el camino sin moverse. Mirando cómo los pies impulsan el movimiento del mundo para hacerlo girar. Mientras la quietud de las letras es lo cierto. Así. Esa mezcla, esa combinación. Esa forma. La pasividad, y el movimiento. La firmeza, la vida, la muerte. Existe entonces la eternidad, y el final constante de todas las cosas. Sí, existo. Sí, existes. Sí, existe una gota. Sí, existen las manos. Todo lo que ahora recuerdo, y es, y está gracias a ese verdadero ser que son las letras. Entiendo entonces porqué escribo, o mejor, porqué me dejo escribir. Lo haré pues hasta una muerte, algúna. Con el único fin de que no dejen de existir las cosas que parecían haber desaparecido.
Jonathan Minila
Entre el abandono en que estaba mi columna"La inmensa teta", apareció un texto algo añejo que me llevó (ahora) a toda esta reflexión. No tanto por la idea que gira en él, sino en su entorno. Y no se preocupen por no entender, yo lo hago y con eso es más que suficiente.













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