viernes, 5 de septiembre de 2008

El unicornio en bicicleta / Julio Torri [Pájaro azul-Agosto 2008]

Torri es un unicornio en bicicleta
Margo Glantz

Al final siempre es esto. Bajo tus ojos se suceden estas letras, como rostros, o ruidos lejanos. Y ya lo he dicho antes, hay una conjunción de hechos que culminan aquí. Más allá de un tecleo espantoso, casi inútil, o una batalla con las palabras (que siempre luchan por imponer su orden). Pienso en aquello que me ha traído acá, y lo veo: más atrás; como todo eso que te ha pasado antes; quizá un pensamiento, una acción, o más; todos los movimientos, sueños; no sé. Y a eso voy. A pensar en aquello. Pues aunque esta nota exija brevedad, intentando guardar coherencia con la sutileza del escritor que hoy traigo por acá, tengo la costumbre de ver el conjunto; de ver las capas que forman la esfera. No me culpen. Es mi modo, mi forma. Y paradójicamente es lo mismo que me parece seductor en la brevedad: esa abundancia que hay detrás de los espacios que sólo en apariencia están vacíos. Tiempos, suavidad, desplazamientos, orden, concreción. Algo que muy pocos saben manejar de forma efectiva para soportar una historia, o una vida. Y Julio Torri [Saltillo, Coahuila, 1889 - Ciudad de México, 1970], fue especialista en esa delicadeza. No sólo dentro de las palabras, sino también dentro su vida, de sus movimientos, su voz. Era coherente con él mismo y con su literatura. Prefería la suavidad de unas ruedas de bicicleta, al ruido mordaz de los autos, de los gritos, de la revolución. Se deslizaba con cadencia sobre las hojas, sobre el mundo; aunque todo lo demás sucediera allá, tras la barrera de su misantropía. Tras ese monte desde el cual miraba cada rincón para plasmarlo con ese mismo ritmo en las palabras; como si lo hiciera con su voz. Con esa “entonación persistente y aletargada”, con esa mirada perpleja, con esos modales de “exquisita cortesía”. Quizá por eso es difícil hablar de él llenado una hoja de palabras necias. Y sin embargo insisto: hay tanto qué decir sobre su laconismo. Lo llevaba en la voz, en las acciones, en los hechos, en las palabras. Le gustaba sentirse suspendido en el aire, mirándolo todo a distancia; desligándose del mundo. La bicicleta era una de sus herramientas de escape; de búsqueda de la soledad. ¿Y no es también necesario el equilibrio? Claro. Algo que lo guiaba como el verdadero camino. Que lo volvía un hombre sensible; ausente en apariencia, pero siempre en contacto de algún modo con él mismo, con el mundo. Aunque tantas veces le haya dado la espalda a la política, al país; dejando que todo sucediera en otro sitio que no era dentro de él. Pues su interior estaba lleno de pensamientos, de análisis, de mundos. Todo eso que siempre plasmó con esa ironía que muchas veces se requiere para entender la realidad. Y su obra lo refleja. Pues a pesar de ser poca, detrás de ella hay soles y espacios infinitos.

Jonathan Minila
jminila@hotmail.com

Dejo por acá algo de la prosa breve de este gran autor mexicano.

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1 comentario:

Pedro Luis dijo...

Buen texto, cuando leí "De fusilamientos y otras narraciones" mi vida ya no fue la misma.
Saludos