Todo sucede ahí. Verdaderas palabras fluyen, se funden, se forman de demonios, de angustias, de masas incompresibles. Porque en realidad es así. Son delfines dormidos sobre pesadillas. Imágenes que nos hacen despertar en cualquier sitio, haciéndonos saltar. Desaparecer de pronto. Navegar entre espacios que se derriten. A veces se despierta entre aves muertas, entre brazos, entre sombras. Y es necesario aceptarlo. Encontrarse así mismo en un tren a las tres de la tarde para morderse el rostro. Mirar a los otros ahí, siendo, hablando. Y notar que sus palabras caen hechas arañas; o hechas cristales; o quizá gotas de humo. Todo es otra cosa. Algo que se estremece, que se mueve, que se altera. Que golpea los cráneos, que explota los ojos. Y para eso hay dientes, y para eso hay boca. Y para eso a veces se arrancan los dedos para lanzarlos bajo las llantas de un auto. Y para eso a veces se lee a Antonin Artaud. Porque entonces las preguntas se acaban. Porque entonces las palabras fluyen como el verdadero pensamiento; como el verdadero ser. Nos volvemos de nuevo raíz. Nos volvemos locura, asfixia, desesperación. Despertamos el subconsciente y nos bañamos en enfermedad. Aceptamos lo crudo, lo natural. Lo que no está oculto bajo la apariencia, bajo la falsedad. Son pies desnudos, y cuerpos, y palabras que están limpias; que exploran la tiniebla, el desconsuelo, la crueldad. Porque tal vez ahí está la respuesta. En lo primitivo. Lejos de primeros mundos, de materias absorbentes, de imágenes falsas, de actitudes impuestas. Porque es mejor estar aquí, lleno de utopías, de surrealismo, que pertenecer a un destino que no nos acepta. Es necesario romper el cielo y sentir la circulación de la sangre.
Jonathan Minila
jminila@hotmail.com
Desperté con dos libros de Antonin Artaud (1896-1948) en la mano. “El ombligo de los limbos” y “El pesa nervios” (1925). Ambos llenos de esa exploración a sí mismo y a esa realidad que lo consumía. Obsesión que lo hizo buscar los límites de lo funesto, y que lo volvió, desde luego, uno de los escritores malditos del siglo XX por excelencia. Trascendió sobretodo por sus poemas, y su propuesta de experimentación escénica “El teatro de la crueldad”, donde el impacto al espectador se basa en la anteposición de las imágenes violentas a las palabras. Surrealista, perturbado, protervo, Antonin Artaud nos permite identificarnos con él a todos aquellos que “habitamos algún tipo de infierno”.
Y para esos otros como yo, dejo por aquí una liga donde podrán leer "El ombligo de los limbos y El pesa-nervios"
viernes 19 de septiembre de 2008
Bajo esa cáscara de hueso
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4 comentarios:
Me gusta lo que escribes porque enseguida se sienten. La belleza de tus palabras está al servicio de lo que quieres compartir y no al revés. Y es hermoso! Si las palabras se hicieran mujer seguro se sonrojarían de emoción. Y no conforme con ello, nos lo muestras. Poder compartir con claridad las pasiones, eso es amor, tu amor por la literatura.
Gracias por compartirlo.
Daniel, muchas gracias por tu mensaje y por lo que dices. Precisamente es lo que intento, y lo que deseo.
Jon, como siempre, maravilloso. Artaud y su locura son bellísimos; su escritura, un acercamiento al delirio, al abismo, a la verdadera poesía. Gracias por la liga. Un beso y un poquito de polvo, aunque hoy, después del incendio, quizá sea sólo cenizas. DC
Mi Dan. Me encanta encontrarte por acá. Es muy cierto lo que dices de Artaud; coincido contigo en que es en el abismo donde se encuentra la verdadera poesía. Me quedo con el beso, y desde luego con el poquito polvo, sean cenizas o no, de esas alas que te mantienen siempre cerca.
JM
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